viernes, 15 de enero de 2010

23-La “reforma”: un vil embuste [1]

Desde el Elba hasta los Urales, cientos de millones de personas desgraciadas viven la fiebre de la “reforma”. Después de décadas de dictadura política, prohibiciones de todo tipo, corrupción, pobreza, los muros de las viejas cárceles están en ruinas. El sol de la ideología marxista-leninista triunfante ante todo ha entrado en la niebla y los pueblos que habitan al Este del Elba, siguiendo a los conductores del momento (unos francamente sospechosos), entran en el pantano llamado “reforma”.

Dignidad humana y prosperidad: esto deseamos todos. La pregunta es: ¿tenemos algún motivo para creer que por el camino que hemos emprendido vayamos a encontrar algo así?

Creo que está bien que no nos apresuremos a dar una respuesta: se trata de nuestro futuro y del de nuestros hijos. ¿Cómo podremos mirarlos a los ojos si con lo que hacemos los condenamos a una existencia precaria, infrahumana?

“En el mundo existen dos regímenes: el capitalismo y el socialismo. El socialismo es malo y el capitalismo es bueno”. Se toma pues el razonamiento de la enseñanza política, se le da la vuelta y se obtiene un razonamiento correcto.

La conclusión sería: mientras más rápido seamos capitalistas, más pronto nuestro país se verá como Alemania Occidental. Sólo tenemos que hacer una “reforma”, es decir, pasar al capitalismo.

¿Una primera reserva? No todos los países capitalistas tienen un aspecto atractivo. Por ejemplo, Turquía no parece ni un modelo de prosperidad ni de riqueza. Ni que hablar Bangladesh. Pasando al capitalismo, ¿nos acercaremos más a Alemania o a Turquía?

Una segunda reserva. Suecia, el país más democrático del mundo, ¿es capitalista o socialista? Si damos crédito a las declaraciones de los líderes del partido de gobierno de Suecia, su país no es capitalista. Hum… Algo así no existe, dice el transilvano cuando ve un camello.

Como decía, abajo de los pliegues de las banderas en las que dice “Capitalismo – bueno, Socialismo – malo” cientos de personas desgraciadas entran en el pantano llamado “reforma”. Unos recelosos, otros apresurados. Pero, como en un espejismo, mientras más te acerques, más lejos estará el punto terminal. “La reforma es muy lenta”, dicen los comentadores desde el margen, y los mirones de afuera, unos, repetimos, francamente sospechosos. “Enfermedad larga, muerte segura. ¡Acelerad la reforma!”; “¡Se necesita una terapia de shock!”. En todas partes se ha apresurado el ritmo de la reforma.

Los primeros en ofrecerse como conejillos de indias para el experimento fueron los alemanes. Bajo la conducción de un ex agente de la policía política secreta, Lothar de Maiziere (quien mientras tanto ha descubierto su vocación de hombre político), los alemanes del Este se arrojaron con confianza en el otoño de 1989 a los brazos de sus hermanos ricos del oeste del Elba. Por entonces no sospechaban, probablemente, que la noción de “hermano” tiene otro significado en la economía de mercado.

En 1989, los alemanes orientales la pasaban razonablemente. Fuentes occidentales consideraban que su nivel de vida era un 65~70% del nivel de los alemanes occidentales. Sobre el descontento resultado del desfasaje neto en lo que respecta al nivel de consumo, se superponía, sin embargo, superándolo, un complejo psicológico resultado del desfasaje en lo que respecta a la calidad del consumo. ¿Por qué él, alemán, yo, alemán, pero él anda en un Volkswagen y yo en un Trabant? ¿Por qué en sus baños públicos no huele mal, y en mi país apestan? Vax, Sozialismus ist schmutzig!

En el momento en que Helmuth Kohl, este choricero cínico y carente de cualquier complejo moral propuso la unión de las dos Alemanias asegurando la paridad 1 marco oriental = 1 marco occidental, los habitantes del Este votaron masivamente a favor de la desaparición de su país. Los llamados a la prudencia fueron ignorados. Ahora, después de menos de un año, los pobladores de la Alemania Oriental se despiertan del sueño.

Demasiado tarde. La indutria alemana oriental está muriendo. Antes daba a Europa del Este productos aceptables. Pero ahora, después de la Unión, los pobladores de Europa del Este ya no tienen con qué pagarlos. En el mercado del Oeste, los productos alemanes orientales penetran con dificultad. Los trabajadores del Este de Alemania descurbren que cobran sueldos considerablemente inferiores a los del tiempo de la dictadura comunista. Los que no están desempleados. Pero el desempleo crece explosivamente. Y el seguro de paro no es el del Oeste, sino como para pobres. El desempleado alemán puede pasar sus vacaciones en España; esto lo sabíamos nosotros hace tiempo. No se trataba del desempleado alemán oriental de ahora.

Tampoco los ciudadanos alemanes occidentales parecen muy encantados con lo que salió. El choricero cínico había prometido que no aumentaría los impuestos. Mentía, por supuesto. Destruyendo la economía de Alemania del Este, los millones de desempleados necesitan seguros de paro que no podían ser sostenidos sino por el aumento de los impuestos.

La pregunta esencial es: ¿quién sale ganando de la destrucción de la industria de Alemania del Este? Dicho de otro modo: ¿quiénes son los beneficiarios de la “reforma”?

Los polacos arrancaron hace tiempo por su camino. Más o menos por 1980, la iniciativa privada fue desbloqueada. Los efectos positivos globales no se hicieron ver mucho. El sector privado prosperaba, el estatal no avanzaba. Todo el mundo sabía que la prosperidad del sector particular provenía no tanto de la eficiencia del trabajo efectuado, como de los diversos chanchullos hechos en perjuicio del sector estatal. Globalmente, la economía polaca atravesó un período de diez años de estancamiento, tal vez hasta de decadencia lenta (si se quedó en su lugar o si decayó depende de quién haga el análisis). La deuda externa continuó creciendo. En este contexto, hace dos años empezaba la demolición de lo que todavía quedaba del régimen “comunista”. Aparecía el primer gobierno no comunista del Este de Europa.

Los efectos económicos positivos no se vieron. El gobierno Mazowiecki fue el primero en emplear la expresión “terapia de shock”. La población aceptó privaciones inimaginables bajo el régimen comunista. Lo que no se les aceptaba a los “Komunisci – Onanisci” (mejor no traducimos) se le acepta al gobierno de la Solidaridad, porque “Nie ma wolnosci bez Solidarnosci” (no hay libertad sin “Solidaridad”). Desilusión. El tiempo pasaba, la pobreza no.

En todas partes la agresión se cometió contra la propiedad del Estado. ¿Acaso Italia es un país comunista porque su sector estatal no es abandonado a la deriva y no es saqueado en beneficio de los particulares? ¿Acaso Francia es un país comunista porque la liberalización de los precios se hizo paulatinamente, a lo largo de decenas de años? ¿Acaso todos los países capitalistas desarrollados son países comunistas porque allí existen organismos gubernamentales que asumen la responsabilidad de orientar las inversiones particulares? ¿O que hacen un control estricto de los productos, protegiendo de este modo al consumidor? ¿Acaso los países miembros del Mercado Común son países comunistas porque protegen su industria, agricultura y recursos naturales mediante medidas aduaneras muy severas?

Para una parte del público, no informada o malintencionada, cualquier intento de responsabilidad parece llamarse comunismo. Ésta es la situación…

Si partes en coche de Bucarest a Baia Mare y constatas que has llegado a un barrizal, que el chófer en lugar de retroceder unos metros para salir de él, fuerza el auto hacia adelante, atascándolo aún más; cuando sabs que tú vas a chapotear en el barro empujando el coche, y no el chófer, que se queda al volante; cuando el chófer te dice que sólo hay dos posibilidades: o bien adelante, con él al volante hacia Baia Mare, o bien atrás, a Bucarest, pues bien, entonces no tienes mucho que hacer.

O dejas al volante al chófer malo, bajas y ayudáis los dos honestamente al coche, esperando que mientras que no se haya atorado del todo, vayáis a salir de algún modo a tierra firme y seca, tragando pacientemente todos los descaros del chófer que te va a recriminar que no tienes fuerza; o le ordenas al chófer que cambie de camino, porque entre Bucarest y Baia Mare no hay un solo camino, sino decenas.

O, lo mejor, cambias el chófer.
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[1] En la edición de 1994 no figura ninguna referencia. N. del t.

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